La intimidad y la historia en la poesía de Antonio Machado – Manuel Rico

Muy buenos días a todos:

He de confesar que desde que me comprometí con la Fundación a impartir esta conferencia, ha habido una canción, escuchada por vez primera en mi adolescencia, en los lejanos años finales de la década de los sesenta, compuesta por Joan Manuel Serrat y titulada “En Collioure”. Una canción que me hacía soñar con esta pequeña ciudad, que se adentraba a la perfección en la hipotética psicología del poeta al dejar su querido país y que contaba como nadie el repliegue que sobre las memoria originaria, sobre la más radical intimidad, vivió don Antonio en sus últimos y desolados días: “Y viejo, y cansado, / a orillas del mar / bebióse sorbo a sorbo su pasado”. Sí, aquí, en Collioure, don Antonio, que no quiso ser ni profeta ni mártir, se bebió sorbo a sorbo su pasado: el más personal e intransferible u el que venía acompañado de su experiencia colectiva, empezando por los años iniciales del siglo XX, de perfil regeneracionista, y acabando por los de una diáspora colectiva tras una República derrotada.

Esa doble memoria nos da una pista sobre el contenido de mi conferencia: “La intimidad y la Historia en la poesía de Antonio Machado”.

Hay dos ejes esenciales en ella, visibles incluso en la obra que escribió en sus años sorianos, tan apegada al paisaje, que han llevado a distintas generaciones a teorizar sobre dos posibles poetas que en su obra convivían: la intimidad y la historia. La emociones más personales y las preocupaciones de una sociedad profundamente convulsionada. Su vida cotidiana, humilde y rutinaria, y su mirada hacia el mundo.

De algún modo, se trata de dos niveles de conciencia. De dos Antonio Machado permanentemente comunicados, siempre en diálogo. Cómo no evocar al referirnos a ello el soliloquio de su poema “Retrato”, de Campos de Castilla: “Converso con el hombre que siempre va conmigo”. Escribe. Y añade: “Mi soliloquio es plática con ese buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía”.

De un lado, el poeta que reflexiona sobre el tiempo, sobre el amor y sobre la muerte, que contempla y medita, que hace del paisaje un ser vivo en el que nace y madura la “honda palpitación del espíritu” a la que el mismo Machado se refiere en diversas ocasiones al definir la poesía.

De otro, el poeta del tiempo histórico, el poeta que ahonda en la condición humana, que reflexiona sobre la época en que le tocó vivir y sobre los vínculos entre la tierra y el hombre, aquel para el que la poesía era “palabra en el tiempo”. Histórico, añado.

Ambas vertientes temáticas alimentaron (alimentan todavía) la poesía posterior a nuestra Guerra Civil escrita bajo su influencia. Su muerte en el exilio y el fuerte impacto que tuvo ese hecho en el mundo en los años que siguieron a aquel fatal 1939 hicieron inevitable que su magisterio moral y literario actuara tanto sobre los poetas que se alinearon con el régimen franquista de manera más o menos explícita como con aquellos que comenzaron a situarse en contra.

Si el primer eje, es decir, la mirada hacia la intimidad, fue el sustento de una visión de su poesía ajena a los avatares políticos, desprovista de connotaciones sociales, más metafísica e intimista, que sirvió para construir el Machado de la generación del 36, el Machado de los Rosales, Vivanco y Panero; el segundo catalizó las inquietudes político sociales de los poetas del compromiso de un lado (Otero y Celaya ante todo) y de la línea más realista, hasta cierto punto cívica, de la generación del 50 (Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo).

Esas dos “lecturas” de Machado fueron, en cierto modo, hijas de la posguerra y, sobre todo, de una experiencia intelectual que tiene lugar bajo la dictadura de Franco. En la primera posguerra, los poetas cercanos al régimen, agrupados tras la revista Escorial y marcados por el garcilasismo, recrearon un Machado puramente lírico y familiar y en la segunda posguerra, a partir de los años cincuenta sobre sobre todo, los poetas que vivían y escribían entre la clandestinidad y el exilio recrearon el poeta comprometido con los problemas sociales y con la República.

Pero Antonio Machado fue ambas cosas a la vez. Su poesía no puede escindirse. Cierto que en sus primeros poemas, los de Soledades encontramos un modernismo tenue e intimista y que a lo largo de su vida, tanto en su poesía como en los textos de Abel Sánchez y Juan de Mairena, su lírica y su meditación en prosa se fueron haciendo más complejas, más apegadas a la tierra y al conflicto, más “sociales”. Pero no fueron dos poetas. Ni dos poesías.

Fue un solo poeta evolucionando con su tiempo, con su experiencia vital y cultural. Ese poeta complejo, de difícil sencillez, atento a su interior y atento a los paisajes, y atento al mundo fue el que escribió poemas magistrales en la ciudad del Duero. El que respira en los poemas que creó con esa ciudad como telón de fondo (y con Leonor como gran hendidura emocional), y el que años después, impulsado por el recuerdo y la nostalgia de ese tiempo, escribiría en Baeza, o en Madrid, o en Segovia cuando su amor de madurez se llamaba Guiomar. El que escribiría, en Collioure y al borde de la muerte, “estos días azules y este sol de la infancia”.

Pero vayamos al territorio de su intimidad.

Es verdad que la especial magia de la sencillez de la obra de Antonio Machado proviene de una combinación poco frecuente en la poesía española: de un lado, su temporalidad (« poesía es palabra en el tiempo » o « diálogo del hombre con su tiempo »), nutrida de la realidad difícil de la España del primer tercio de siglo, y de otro, la profundidad con que se adentra en los más oscuros rincones del « alma » humana (una « honda palpitación del espíritu », escribió). Desde ese punto de vista, Machado es una « rara avis » que en sus comienzos bebió del modernismo, que se distanció del 98 y, a la vez, de los impulsos estetizantes novecentistas y de las tendencias vanguardistas del 27.

Fue un poeta de una singularidad extrema cuya obra permanece, más de siete décadas después de su muerte, con la fuerza de lo perdurable, por encima las modas del momento. Su aparente sencillez oculta una honda complejidad y los caminos que a partir de ella se pueden transitar son casi infinitos.

Recuerdo haber leído, casi en paralelo y para un encargo de Cuadernos Hispanoamericano de principios de los años noventa, dos libros que, curiosamente abordaban cada uno de esos espacios. El primero se titulaba Antonio Machado: soledad, infancia y sueño (Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1990), su autor es Joaquín Verdú de Gregorio e indagaba en la intimidad del poeta; el segundo, España, el paisaje, el tiempo y otros temas, en la poesía de Antonio Machado. (Diputación de Soria. Soria, 1990), del italiano Antonio Barbagallo recorría las zonas más vinculadas con lo histórico aunque sin desestimar algunas de las claves interiores –como la soledad, la noticia de Dios, el amor– que la recorren y, en consecuencia, relacionadas con las zonas más inmanentes y ocultas del proceso de creación.

También con los espacios menos accesibles a una concepción puramente cívica o social de la poesía, resaltando de modo especial la vocación universal de su palabra −la busca del ser originario y trascendente a la vez− y los vínculos entre la evolución de su obra y los mecanismos inconscientes que activan el comportamiento humano en el acto de creación artística.

El territorio de la infancia como expresión de un peculiar reencuentro con la claridad iniciática, con lo ancestral, con un mundo sin condicionantes, es un río subterráneo que emerge a lo largo de la obra machadiana. ¿Quién no recuerda aquellos versos evocadores de la escuela primaria con que don Antonio dibuja con una profundidad basada en la sencillez, la profunda melancolía de las tardes de invierno en el aula? “Una tarde parda y fría/ de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”. ¿Quién no regresa a su propia infancia al leer aquellos fragmentos del poema “Las moscas” “del primer hastío / en el salón familiar / las largas tardes de estío / en que yo empecé a soñar”?

Son muchos los poemas de don Antonio que arañan en ese mundo. A este respecto, cabría decir que el nuestro es el primer poeta español en el que la niñez ocupa un espacio esencial de su poesía, enlazando, en ese sentido, con poetas anglosajones y franceses que venían trabajando ese « filón » desde el siglo XIX. El sereno y patético verso final de su producción literaria, escrito en el Collioure del exilio y de la muerte, no viene sino a confirmar estas apreciaciones. La infancia está en su primer poemario Soledades, pero alienta en toda su obra posterior para regresar, ya al final, frente al mar de Collioure empañada de una añoranza desoladora y, a la vez, intensamente emotiva. Lo hemos dicho antes: “Estos días azules y este sol de la infancia”. “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero”, escribe en “Retrato” y, más de medio siglo después, en el sol de la infancia y en los días azules que evoca ante este mar de invierno está de nuevo Sevilla y su memoria más remota.

El ser, el tiempo, el camino, el sueño, el inconsciente, la luz y la sombra, el espacio (Soria, Sevilla, Baeza…), el amor en las distintas fases de la vida, la soledad, la muerte, factores que forman parte de la subjetividad más extrema, son tamizados por la historia, por la circunstancia que diría Ortega, y pasan a formar parte de la semilla de la que surgen sus versos. Sintetiza Machado —y ya abandonamos su intimidad más estricta—las preocupaciones más trascendentes del pensamiento de su tiempo convirtiéndolas en materia poética. Unas preocupaciones que si bien afloran abiertamente en los escritos de sus apócrifos Abel Martín o Juan de Mairena o en sus prosas más coyunturales, adquieren en su poesía una dimensión intensa y concentrada.

Por ello, el espacio temporal que le tocó vivir es un lugar especial de la historia de Europa y de la historia de España. El poeta lo utiliza como como materia a la que ha de acercarse en su condición de ser humano inmerso en la realidad social, económica, política. Los libros Soledades y Campos de Castilla son los textos en los que, a lo largo de las décadas primeras del siglo XX, construye lo que yo llamaría su temporalidad histórica. Son espacios literarios que tienen un referente concreto, un territorio construido a través de los siglos por la acción del hombre: España. Su realidad actúa en la obra machadiana no sólo como telón de fondo, como « escenografía », sino como factor condicionante, como trasfondo histórico inevitable, aunque alejado tanto de las concepciones noventayochistas como de la pura valoración estética o paisajística retrospectiva.

La España de Machado es una España compuesta por hombres concretos, por ciudades y campos en decadencia, una España que tuvo un innegado esplendor y que se fue deslizando hacia una lenta agonía con el paso de los siglos, agonía de la que debe salir mediante una resurrección en la que se mezclan elementos del pensamiento regeneracionista y la actitud inconforme del propio poeta. Una España controvertida, azarosa, que respira en el paisaje, en los hombres y en los propios estados anímicos de Machado. Cabe preguntarse si no existe cambio o ruptura entre Soledades y Campos de Castilla en el sentido de que en el primero predomina lo subjetivo o intimista y en el segundo la poesía objetiva y real, dirigida hacia « el otro » y « los otros ». Creo que tanto en un libro como en el otro se refleja la interioridad del poeta. Sin embargo, sí hay un cambio. Éste se refleja en los temas, en los « protagonistas del poema ». También en el carácter del paisaje.

Si en Soledades es un paisaje urbano, a veces indefinido y borroso, en Campos de Castilla éste es ante todo rural y definido, perfectamente identificable. Es Soria, es el Duero, son las tierras de Castilla, los campos de Baeza, los viejos pueblos con nombre y apellidos (Cidones, Osma, Covaleda, etc…), los mesones de carretera y los casinos provincianos, es Urbión, el Moncayo, la Laguna Negra cercana a Vinuesa, es el Guadarrama, el hospicio mirando al norte perdido en medio del campo, San Polo y San Saturio… Toda una geografía cargada de nombres evocadores que casi se mastican.

El otro elemento de polémica es ideológico, incluso político. Este se establece, tal y como lo esbozó el historiador Tuñón de Lara, por el carácter popular, casi de instrumento de trabajo (de “arma cargada de futuro”, como diría Celaya años después) por un mundo mejor. Sin embargo, Machado no era marxista sensu strictu. Su visión del mundo estaba marcada por un humanismo genérico y solidario. Enlaza, de alguna manera, con un concepto de la política basado en « la bondad inherente a todo ser humano » aunque no se queda ahí: demanda y reclama (sueña) una sociedad más justa. Desde ese punto de vista podría ser calificado de republicano radical, de socialista moderado (aunque en el último año de su vida acabó fuertemente identificado con el partido comunista tal y como se revela en sus poemas dedicados a Líster o a la JSU).

Para no pocos expertos y académicos, en esos dos libros iniciales hay una visión orteguiana. Tanto Soledades como Campos de Castilla serían, se afirma, la más acabada representación del « yo soy yo y mi circunstancia » de nuestro pensador más conocido. Sin embargo, la duda aparece cuando se intenta analizar en qué consiste la circunstancia (que es, en el fondo, la suma de factores históricos, sociales, ambientales, paisajísticos e íntimos que condicionan la vida del hombre) y cuando buscamos en su obra la voluntad y el deseo de transformar la realidad histórica y social en sentido favorable para el hombre. Para ello no puede uno limitarse a los dos libros citados. Debemos ir más allá.

Después de Campos de Castilla, nuestro poeta escribió no pocos versos y multitud de textos en prosa que hablan con claridad de su opción por los humildes, por los desheredados, por no citar sus poemas de guerra o sus reflexiones políticas del último tramo de su existencia.

Pero también debemos meditar sobre otras vertientes de la obra machadiana que han permanecido en cierta penumbra: la idea de España no sólo en el paisaje, sino en el tiempo. La tierra de Alvargonzález no solo es expresión de la voluntad de Machado de penetrar en las raíces del cinismo y de la envidia, sino de poner de relieve una circunstancia objetiva llamada injusticia: por ejemplo, con la presencia del indiano o señorito como antítesis del campesino; la España emigrante como réplica de la España agónica de las conquistas imperiales de antaño.

 

UN POEMA QUE CONCENTRA TODAS ESAS PREOCUPACIONES: “A ORILLAS DEL DUERO”

Quizá donde mejor vemos concentrada esa doble preocupación a la que me he venido refiriendo, es en el análisis de alguno de sus poemas. No hace mucho me tocó escribir para la revista Nayagua, del Centro de Poesía José Hierro, un texto que ilustrara esa combinación entre intimidad e historia a partir de un poema del propio Machado. Elegí el poema de Campos de Castilla “A orillas del Duero”, uno de los poemas más apegado a su memoria soriana en el que, además, se concentran las cualidades que caracterizan la lírica de Antonio Machado a lo largo de toda su trayectoria.

Aunque ya las he citado de algún modo, quiero señalarlas de nuevo: la temporalidad de la “palabra en el tiempo”, la subjetividad de la emoción más íntima (la “honda palpitación del espíritu”) y el alto valor que otorga al lenguaje poético, a la palabra y a su sentido más allá de lo visible. Palabra, tiempo, emoción, tales serían, en consecuencia, los conceptos que resumen el significado profundo de su poética.

Si para Machado el paisaje, especialmente el que conforman Soria y sus alrededores, juega el papel de protagonista, casi de personaje central más que de telón de fondo, hemos de deducir que “A orillas del Duero”, ese “personaje” se concentra en el río (con todo su poder metafórico en el sentido heraclitiano) y en los escenarios que se levantan a su alrededor.

María Zambrano, que escribió páginas memorables sobre la poesía machadiana añadió un matiz que no podemos eludir al adentrarnos en “A orillas del Duero”. “Diríamos que hay en Machado como un anverso de luz, durante la claridad de la conciencia poética, y un reverso de sombras, de formas y de figuras, en la visión habitual de la conciencia en vigilia”[1]. Esa alternancia, que a veces es hibridación, mixtura, entre luz y oscuridad, tiene un complemento que es consustancial a la respiración lírica de toda la obra machadiana: la humanización de las cosas, la atribución de cualidades humanas al paisaje, la personificación.

El poema comienza con la luz. Con una celebración de la primavera en tierras sorianas. Una primavera alejada de la exuberancia, ceñida a la modestia de una tierra discreta incluso en su belleza: es la primavera “humilde como el sueño de un bendito”, de un “pobre caminante”. Incluso el campo amarillento de flores es “como tosco sayal de campesina”. Una primavera en cuya humildad alienta, sin embargo, un futuro necesario, imprescindible que no es otro que el que se apunta en el despertar de la naturaleza, en especial de los campos cultivados que pueden vislumbrarse más allá de las rocas estériles: “¡Aquellos diminutos pegujales / de tierra dura y fría, / donde apuntan centenos y trigales / que el pan moreno nos darán un día!”.

Esa luz se intensifica gracias a un lenguaje en el que la austeridad no está reñida con la precisión descriptiva de algunos de los términos utilizados: serrijones, malezas, jarales, zarzas, cambrones. A medida que avanzamos por el poema, la palabra despierta en el lector un universo de capacidades evocativas: olores, murmullos, recuerdos de viajes, visiones de paso. Poco a poco la visión celebratoria, casi optimista, se va impregnando de tristeza: la tierra es “ingrata”, la oveja merina es “escuálida”, a los centenos y trigales suceden “roca y roca, pedregales / desnudos y pelados serrijones”.

Y no tarda en derivar hacia la sombra. Mientras que la luz procede de la contemplación íntima participada, compartida con el lector, la sombra tiene raíces históricas. En el canto al Duero asoma Soria y, más allá, acaba asomando Castilla. Si la Soria primaveral está cargada de valores optimistas, de cierta íntima evocación más allá del triunfo de la naturaleza (“allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba”, afirma en el prólogo a Campos de Castilla), las apelaciones a Castilla están tamizadas por la Historia, por la temporalidad marcada por la realidad social, incluso política, de ese territorio al que los sectores conservadores siempre han vinculado a un pasado imperial, a una mítica “patria originaria”, sólo existentes en su imaginación y al que Machado dota de una negatividad relacionada con la labor del hombre y, sobre todo, del poder: sus ciudades son “decrépitas”, la tierra es “adusta”, una “agria melancolía” puebla sus “sombrías soledades”. Esa valoración, terrible, de una negatividad dura (en la que sin embargo alienta, de manera sutil, la empatía), se intensifica en extremo casi en el ecuador del poema:

“¡Castilla varonil, adusta tierra,

Castilla del desdén contra la suerte,

Castilla del dolor y de la guerra,

Tierra inmortal, Castilla de la muerte!”

Tras esa terrible apelación, el poema recobra la serenidad y el poeta desciende a los detalles de un paseo por el campo: ahora es una intimidad contemplativa, es el recogimiento frente a un paisaje que le emociona o el recuerdo de un atardecer cerca del río. Y es en ese recogimiento en el que se nos ofrece hasta el más mínimo detalle de la convivencia del sujeto poético con la naturaleza y con el camino. La luz a la que se refiriera María Zambrano vuelve a iluminar el texto: “En el cárdeno cielo violeta / alguna clara estrella fulguraba”. Una iluminación que vence, incluso, a las “sombras del aire” y que se irá proyectando, de manera gradual, en el río, que adquiere un protagonismo casi absoluto en el tramo final del poema. Así, las tres últimas estrofas son un estallido de claridad con las aguas del Duero como destino. El río vencerá a la oscuridad, perdurará por encima del tiempo histórico, seguirá llevando en sus aguas las exigencias de los más humildes y, al igual que inspira al poeta sevillano el conjunto del poema, suscitará una pregunta, inserta en él, que no carece de sentido. “¿Y el viejo romancero / fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?”.

En ese interrogante Machado deposita una confianza sin límite en la creación poética, en su prevalencia por encima de las contingencias del momento. “El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que pueden vivir después de pescados”: así lo expresó por voz de su heterónimo Juan de Mairena. O, de modo aún más directo: “La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo”.

Esa confianza se traslada, en el poema que nos ocupa, a la corriente, a la matriz elemental y siempre en movimiento del río:

“¡Oh Duero, tu agua corre

y correrá mientras las nieves blancas

de enero el sol de mayo

haga fluir por hoces y barrancas,

mientras tengan las sierras su turbante

de nieve y de tormenta

y brille el olifante

del sol, tras de la nube cenicienta!…”

El poema fue escrito hace más de un siglo. Y hoy, en la segunda década del siglo XXI, el Duero sigue ahí, al pie de la ciudad de Soria, llevando sus aguas (con Castilla en ellas) hacia la mar. Y ahí permanece, tan vivo como en la realidad, en el poema. Y permanecería aunque el río se hubiera desecado. He ahí la grandeza de la poesía. Del mismo modo que permanece su memoria, su temblor penúltimo en el verso que gestó muy cerca de aquí hace 77 años: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

ANEXO:

EN COLLIOURE.

Joan Manuel Serrat.

Soplaban vientos del sur

y el hombre emprendió viaje.

Su orgullo, un poco de fe

y un regusto amargo fue

su equipaje.

Miró hacia atrás y no vio

más que cadáveres sobre

unos campos sin color.

Su jardín sin una flor

y sus bosques sin un roble.

Y viejo,

y cansado,

a orillas del mar

bebióse sorbo a sorbo su pasado.

Profeta

ni mártir

quiso Antonio ser.

Y un poco de todo lo fue sin querer.

Una gruesa losa gris

vela el sueño del hermano.

La yerba crece a sus pies

Y le da sombra un ciprés

en verano.

El jarrón que alguien llenó

de flores artificiales,

unos versos y un clavel

y unas ramas de laurel

son las prendas personales,

del viejo,

y cansado,

que a orillas del mar

bebióse sorbo a sorbo su pasado.

Profeta

ni mártir

quiso Antonio ser.

Y un poco de todo lo fue sin querer.

[1] María Zambrano. El hombre y lo divino. Fondo de Cultura Económica. México, 1973